La llenadera.

Hoy le prometí a mi hija llevarla a un cafecito.  Un cafecito significa ir al Starbucks de la plaza cerca de la casa y pedir un chocolate caliente (obviamente, chocolate imperial maya con mezcla de chocolate belga y toques escenciales suizos, o eso es lo que yo me imagino a la hora de intercambiar tal cantidad de billetes por tan diminuta cantidad de líquido, o “experiencia” que es lo que ahora los adultos contemporáneos compramos).

Yo también me compré mi “cafecito” que, sí es cafecito, porque es chiquito, es descafeinado, tiene crema y azúcar y jotería y media que hace que termine en “ito” y no en café como debe de ser.

En fin.  La llevé a la plaza, pero antes había que pasar al súper que hay en la plaza a comprar ciertos artículos básicos para el hogar.

En el súper, hay dulces.  A mi hija le gustan los dulces.  Y obviamente me pidió uno.  “¡Ándale! Porfisssss Porfissss para después de comerrrr!” “Pero Lumía, ya vamos a ir por tu cafecito, ya es mucho, no inventessssss” “Ándaaaaleeeee, mira que por favor que estos me gustan mucho, sólo estos y ya, que te lo prometo que como bien y me porto mejor y…” “¡Está bien! ¡Ponlos en el carrito y ¡YA! y son para después de comer” “¡Si mamita linda querida la mejor de todas, graciaaaas!”.

A veces, soy infranqueable.  Otras muchas, cedo más rápido que gorda a dieta en barata de pastelería. (Si saben de una barata próxima, no me dejen de avisar).

Saliendo del súper hay un puesto de paletas.

“¡Mamá! Quiero paletas”

“¡¡No inventes chamaca!! Ya te compré los dulces y ahorita vamos por el cafecito, ¿ya es suficiente no?”

Mi esposo, al igual que mi papá y muy seguramente el suyo hubieran dicho “Es que no tienes llenadera” pero, a mí me choca eso de la llenadera.  Porque, ¿quién tiene llenadera? (sin albúr).

Yo no tengo.  Yo siempre quiero algo más.  Nunca me ha pasado que no deseé algo más:  después de viajar, quiero seguir viajando; después de comer en un lugar rico y bonito, quiero seguir comiendo en lugares ricos y bonitos; después de comprarme unos lindos vestidos, quiero seguir comprando otros lindos vestidos (no es como que tenga el mismo lindo vestido que en 1990, ni como que me quede tampoco, si  es que lo tuviera).  En serio, no tengo llenadera, o no la he encontrado y espero no encontrarla y siempre querer más.  Vivir más, tener más experiencias (como las que nos vende el Starbucks en sus “cafecitos”), disfrutar más.

Entonces, mi hija entendió muy bien, algo resignada, que era cierto, que ya tenía el dulce y que pronto iba a tener su “cafecito” y que ya no era plan seguir jeringando.  Y lo noté en su cara de resignación.  En su expresión corporal de “Pues, ya qué”.

Y claro que si les doy todo lo que me piden los dejo que tengan todo lo que quieren, seguramente les estaré fastidiando la vida gravemente, porque luego por más que tengan, no se van a sentir satisfechos ni felices (Por alguna razón psicológica que no entiendo todavía).  O simplemente, cuando alguien les diga que “No”, no sabrán qué hacer para obtener el “Sí”.

O, en este caso, si la niña se comía el dulce, la paleta, el cafecito y luego lo que más se le ocurriera, además de provocarle un grave problema de obesidad a la larga, también le estaría provocando un dolor masivo de panza que me explotaría en la cara.

Creo que mi deber no es darles todo, sino darles lo que creo que es bueno y suficiente.  Y todavía estoy descubriendo los límies y las fronteras de lo bueno y lo suficiente.

Sin embargo, en ese junto momento, cuando pensé que ya mi niña estaba muy “pedinchona”, me iluminó la sabiduría maternal (eso, o los domos de la plaza que luego encandilan) y le dije:

“Mi amor, escúchame, tú nunca dejes de pedir.  Siempre pide y pide, no te quedes callada o con las ganas.  No tengas miedo de hacerme enojar.  Simplemente no temas.  Lo peor que te puede pasar, es que, como ahorita, te diga que ya fue suficiente.  Pero si quieres algo, tú pídelo y pídelo bien”.

Ya que, a veces, por miedo, por prudencia, o por cualquier razón, dejamos de pedir.  Y pensamos que no hay que ser gandallas y agradecer lo que tenemos y no estar pidiendo de más.  Y sí, hay que agradecer mucho lo que tenemos, pero también podemos tener más y mejor, si lo sabemos pedir.

Porque, ya poniéndome muy Bíblica, “Al que pida, se le dará” (otra vez, sin albúr, o con albúr, si es que eso es lo que están pidiendo).

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