La bolsa de paciencia

Paciencia.  (Ahora sí hice un poco de investigación:los primeros 3 links que salieron en mi bff Google y les creí sin más).

La palabra “Paciencia” proviene de la palabra pati, que significa sufrir.   Patiens se vincula al castellano con la palabra paciente, con el siginifica de “el que sufre”.

En esta vida para todo hay que tener PACIENCIA.  Y cada vez, nos hace más falta.  Por lo menos a mí me cuesta mucho trabajo conseguirla.  Ya ni en Internet ni en el mercado negro la encuentro.  Me temo que tendré que empezar a generarla.  Y eso me impacienta.

Lo chistoso es que cuando estaba buscando la definición, o más bien, el orgien etimológico de la palabra, yo esperaba encontrar algo relacionado con el tiempo y no con el sufrimiento.  ¡Qué nefastez! ¡Que ser paciente signifique ser sufriente!

Estaba buscando algo relacionado con el tiempo, porque mi experiencia de paciencia tiene que ver con la espera:  esperar a que el tiempo pase para que pueda conseguir algo (que me conecten el Internet, que lleva 8 días sin aparecer por mi casa, o esperar 30, 60, 90 días y hasta 1000 años luz para que el cliente pague una factura); esperar a que el tiempo pase para que reaccione o no de cierta forma (o sea, contar hasta 10 o hasta un millón para no explotar en gritos y descogotar a mis hijos por no haberse comido todo el desayuno que en la madrugada (7am) tan amorosamente preparé); o simplemente esperar a que el tiempo pase para que, como hoy, por fin hayan entrado a clases sin yo haber incurrido en ningún delito infantil.

Pero tienen razón.  Toda espera implica sufrimiento.  Porque algo, o alguien (yo culparé, en mi caso, al SISTEMA, -música de suspenso “¡tan, tan, taaaán!”), nos dijo que todo lo que queramos tiene que ser para YA, lo que quiero lo quiero ahorita y nada de que te voy a estar esperando a ver a qué hora se te antoja.  ¡Y se acabó! 

Y si ahora esta palabreja está conectada a la otra palabreja peor que es “sufrir”, pues claro que nadie quiere andar sufriendo.

También creo que a todos, al nacer, nos repartieron una cantidad específica de paciencia: hay algunos que tienen un chorro (son los millonarios de la paciencia), y otros que somos pobres de paciencia (mi familia completa como ejemplo).

Yo tengo una bolsa de paciencia.

Mis hijos tienen una bolsa de paciencia, sin embargo, se rompió junto con la fuente cuando nacieron.  Pero yo soy muy compartida y cada vez que su mínima paciencia se acaba les ofrezco de mi bolsa.  Al principio la tomaban risueños y hasta se les olvidaba por qué estaban enojados (hace 5 años y me sirvió 3 veces).

Ahorita si les ofrezco paciencia de mi bolsa, me la avientan en la cara junto con sus terribles palabras: “¡No quiero tú paciencia mamá, y a mí se me acabó la mía y dame ahora lo que pido”! (mientras lloran, gritan, lloran).

Al aventar la bolsa en mi cara, la paciencia se desparrama, se acaba y el caos es bienvenido al hogar.

Por lo que me he vuelto muy cuidadosa de mi bolsa.  Ya no ofrezco de mi paciencia.  Mejor la uso lo mejor que puedo, tratando de aprovechar todo su contenido.

Cuando uso sabiamente mi paciencia, aunque sea poquita, me salvo de sufrir.  Aunque parezca y etimológicamente sea una contradicción.  Cuando espero, respiro (porque sí respiro profundamente y varias veces), me salgo del remolino caótico de gritos y llantos, soy capaz de sacar de mi bolsa mucha magia ¡Además de paciencia!:  puedo sacar por ejemplo, un salvavidas desde la orilla del remolino del caos y aventárselo a mis hijos para que se agarren y salgan de ahí (además de no hundirme con ellos); puedo ingeniar las mejores frases u ocurrencias que los sacuden al grado que los sacan del ataque de neurosis en el que se encuentran… Y así la magia continúa infinitamente.

Lo mejor de todo, es que gracias a mi bolsa de paciencia, puedo evitar la terrible transformación en el OGRO MALIGNO COME NIÑOS GRITADOR que me asusta a mí, más que a ellos.

 

 

 

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