La Culpa.

Me fui 10 días de viaje.  Parte trabajo, parte paseo.  Todo diversión.

Lo disfruté cada minuto.  Me gustaría que decir que sin culpa, pero ahora que lo escribo me da tantita culpa por aceptarlo en “voz alta”.

Y la culpa es muy chistosa, porque ya cuando uno es grande, el mayor apuntador de dedos y culpador de uno, es uno mismo.  Nadie quiere tener la culpa, pero todos la pasamos echándonos la culpa de todo y a la vez, diciendo “esto no es mi culpa”.

Una cosa muy complicada, contradictoria y real…

La parte “verduga” de mi cerebro siempre anda buscando razones para hacerme sentir mal:

“¿Te vas a ir tanto tiempo y vas a dejar a tu esposo y a tus hijos abandonados?”

“¿En serio te atreves a pasártela bien y disfrutar tu viaje?” “Deberías estar llorando desconsoladamente porque extrañas tanto a tu familia y mueres por verla, ¿No?”

Si, claro que los extrañé, y claro que tengo un esposo mega rifado que se encargó como todo un máster y unos hijos que, por no estar conmigo un rato, descansaron de mí así como, LO VOY A DECIR, yo descansé de ellos.

Sin culpa.

Fue una semana de no estar peleando, buscando la manera de que las cosas se hagan o dejen de hacerse, arriando, suplicando, corrigiendo, aceptando, negociando y muchos otros verbos que vienen con el paquete de la paternidad que, de vez en cuando, cansan.

Cansan porque entre la rutina y nosotros lo hacemos cansado, no porque sean cansadas en sí, porque si tuviéramos un poco de perspectiva, podríamos hacer cambios y ajustes que ayuden a hacerlo todo más ameno y llevadero.

Creo que es mucho mejor pensar en perspectivas y en soluciones que en culpas.  Porque de repente la culpa se puede volver una zona de confort.
Y luego en la noche, cuando la culpa viene a atacar con dientes y garras, lo más fácil es sufrir por todo lo que fuimos, hicimos o dejamos de ser o de hacer, en vez de pensar en lo que podemos hacer para dejar de sentirnos así.

“¿Por qué no me siento culpable de haberme ido tanto tiempo?” No por los miles de pretextos que pueda poner:  “Era cosa de trabajo” (¿Y si sólo hubiera sido placer no se valdría?); “Hay mamás que se la viven viajando de negocios” (¿Yyyyyyy?); “Les traje un chorro de regalitos y cosas lindas” (¿Pues qué huecos tratas de llenar?).

Nada de eso.

No me siento culpable porque preferí mejor sentirme feliz (y los dos sentimientos no caben en la misma cajita del corazón), porque preferí mejor sentir amor, generosidad, asombro, orgullo, satisfacción…

Ahora que estoy de regreso, no estoy triste de que mi viaje se halla acabado (como comúnmente me pasa).  Estoy feliz de estar de nuevo con mi familia, de volver a una rutina que ahora puedo ver con otros ojos y tratar de otras formas.

Sobre todo, descubrir, que sentirme culpable ni en este aspecto ni en ningún otro, me van a ayudar a crecer.

Mejor elijo reflexionar, meditar, corregir, cambiar, aceptar, amar y disfrutar.  Y otra vez, y otra vez y otra vez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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